sábado, 21 de abril de 2012

Porque Frida Kahlo existiu

(Frida Kahlo, Diego e eu)

Quando Frida era criança, esta casa era branca e vermelha. Uma grande casa de família arruinada. O pai, Guilhermo, fotógrafo nascido na Alemanha, tinha de gastar muito do seu tempo a fazer retratos de famílias para ganhar dinheiro. A mãe, Matilde, foi ensombrando entre os partos, e foram cinco (o único bebé varão morreu).
Mas havia irmãs e amigos, o espírito insolente do grupo de escola, este jardim de árvores tropicais, a rua onde bulia uma intimidade mexicana, indígena, arcaica. Coyoacán foi o mundo de Frida como o Yorkshire foi o mundo de Emily Brontë. E tal como Emily também Frida cresceu a saber o que poucos aprendem: que o amor é o mais forte instinto de sobrevivência, mais forte do que a fome.
Ela não se apaixonou inesperadamente por Diego. Em adolescente ouviu falar naquele Pantagruel tantos anos mais velho, várias vezes casado e separado e pai de filhos, e decidiu que seria ele. Então apareceu-lhe no ateliê, diz a lenda.
As pessoas normais perdem tempo a pensar no que deviam ter feito, e algumas pessoas vêem o que há a fazer como uma pedra. Ser diferente podia ter acabado com Frida, mas ela estava destinada a viver contra todas as previsões. De uma forma um pouco cosmogónica – mas estar aqui ajuda-nos a não ter medo disso –, estava destinada a alterar para sempre o México. Porque Frida Kahlo existiu, o México é mais forte, mais complexo, mais desarmante. Na dor como no riso, ela continua os deuses e portanto é o futuro.
É uma crença antiga, a de que os deuses marcam os seus. Frida tornou-se diferente logo em criança, quando uma poliomielite a deixou com uma perna atrofiada. Frida perna-de-pau, cantavam as crianças. As crianças, todas as crianças, são ajudantes de deuses, marcam os diferentes. Olhem para os retratos de Frida, ela está quase sempre de saia até os pés. Vem daí aquele lema, que não tem nada de ressentimento e tem tudo de vitalidade: defenderse de los cabrones.
E Diego – principio / constructor / mi niño / mi novio / pintor / mi amante / “mi esposo” / mi amigo / mi madre / mi padre / mi hijo / yo / universo – foi esse instinto primordial que a fez levantar o pescoço mesmo depois de 35 operações à coluna, vários abortos, a amputação dos dedos do pé e a seguir da perna.
Talvez, se um deus a marcou, outro lhe tenha dado Diego para que ela encontrasse a cada dia uma razão maior. Se assim foi, Frida Kahlo sobreviveu devido a Diego Rivera, mas Diego existiu para que Frida Kahlo vivesse.

(Alexandra Lucas Coelho, Viva México. Edições
Tinta-da-China, 2010)

segunda-feira, 16 de abril de 2012

Partes homólogas

A história que escrevi sobre os irmãos siameses Wang e Chu, "Partes Homólogas", já está no número 13 de Desenredos.

Cicatrizes doem



3
Sou lírica.

Trago lábios tensos e a lâmina que barbeou
meu pai a quem beijei antes da morte.

Meses inteiros na câmara escura, a luz
me remete a impropérios de toda ordem.

Sou lírica.

4
Estrume no canteiro dos mortos, olho
encantada essa desintegração, esse novo
alimento. Somos nós a nova geração de seres
que se alimentam de veneno puro, três doses
de veneno puro e só existem chapéus e um
canal que liga as Américas. A minha fonte
primordial anda suspensa, na corda bamba
da decadência: Veneza sucumbindo às águas.
Trago na mala a navalha com a qual retalhei
meu pai. Era tarde? Mastiguei um pouco da
carne e os cães brancos me perseguiram.
Nevava nos trópicos, os rios congelando e eu
correndo e pulando de um bloco para outro.
Lavei o sangue da navalha no canal que liga as
Américas.


(Adriana Versiani dos Anjos. A lâmina que matou meu pai. Edições Lâminas do Brasil. Belo Horizonte, 2012)

quarta-feira, 11 de abril de 2012

quinta-feira, 15 de março de 2012

"Avalanche" en español

La última vez que la joven vino a verlo pasó tanto tiempo que, por furia o en señal de castigo, él mordió su espalda hasta dejar en ella varias manchas circulares, trazadas así por causa de los arcos de los dientes, y que, a su vez, formaban otro círculo, mayor y más perfecto, urdido con la simetría de los que acreditan el método por encima de todo. Ella aceptó la furia, o el castigo, con los ojos semicerrados y las cejas fruncidas de los que sufren, irguiendo, mientras tanto, las caderas libres de manchas como una tela blanca, esperando la destreza de los dientes en las nalgas, aunque estas nunca, nunca realmente, por más fuerte que fuese la violencia recibida, exhibiesen cualquier señal de maltrato. “Hechas para sufrir”, decía él de las nalgas, tomando la parte por el todo. Hoy ella está retrasada y, por un momento, él sospecha que no vendrá, que no vendrá nunca más. Después, entre un trago y otro, se anima y cree que sí, que ella vendrá, que allí, en el lugar que erigieron para la profanación, el espacio exiguo de una cama, ella necesita de tanto sufrimiento como él necesita herir. No se trata de un sufrimiento cualquiera, infringido a cualquiera que lo soporte, sino a ella, que a pesar de las fuertes nalgas, no es ni fue jamás, y él lo sabe, tallada para el dolor. Lo que ella soporta, pues, es como el heroísmo de los quemados vivos. Ella tampoco permitiría que otro la hiriese, porque él, con su método, tiene la medida exacta al calcular el peso que depositará en las propias manos, gruesas y largas, hechas para azotar, cuando el chicote describe en el aire una parábola, y sólo a él, que le descubrió la vocación servil, cabe el derecho a la propiedad. Mientras aguarda, arregla delicadamente en el aparador de la entrada el ramo de flores que compró para ella, cantando repetidas veces you who wish to conquer pain, you must learn what makes me kind… con todas sus variantes, y la imagina entrando por la puerta, agitada, corriendo para besarlo, tropezando entre los muebles, oliendo las flores y hablando de la visceralidad de la última película que vio, del libro que está leyendo, del poema que intentó escribir, siempre viscerales como la película, porque esa es la única cosa que le atrae del arte. Ellos conversarán entonces sobre libros y él leerá, a pedido de ella, algún capítulo más de una novela interrumpida la última vez. Beberán vino e irán para la cama, donde acostumbran pasar horas seguidas dedicados no solo a la belleza de sus cuerpos sino, también, a las trivialidades de lo cotidiano, a las memorias vividas, que no es raro despierten lágrimas y un poderoso sentimiento de redención. Al principio, ella le besará los pies por entre los dedos, dejando un pequeño rastro de saliva en la superficie sinuosa, para después tenderse sobre su pecho, jugando con sus cabellos, lentamente, como si ya ensayase el sueño que los separaría. Él la apretaría contra sí en un gesto casi brusco, como para despertarla, clavando sus uñas en la espalda hasta que en el rostro de ella se pueda ver, de reojo, la expresión de mártir. Con rapidez, alcanzará una bolsa de dormir debajo de la cama, donde guarda el látigo, las cuerdas, cadenas y esposas. Ya no percibe le progresión en la intensidad de sus movimientos que, de un tiempo a acá, han hecho más altos los gritos de ella y más duraderas las heridas. Con una larga cadena, él la amarrará desde las muñecas erguidas en lo alto de la cabeza hasta los tobillos, creando motivos geométricos cuya intersección se da entre los senos, sobre el vientre y entre los muslos. Apretará los pezones con ganchos de ropa que ella rechazará en un primer momento, pero que, inmediatamente después, ella misma le alcanzará y extenderá con la boca, para su regocijo. Aún presa, preso con los senos sueltos, tendrá su cuerpo, incapaz de movimiento, volteado de bruces y golpeado hasta el cansancio por los brazos de él. Él, después de detener los ojos en su espalda, admirará todas las heridas que causó, pensando que ella, sin duda, se ve mucho más bonita así, como la sangre en la superficie de la piel ahora encarnada coloreando su eterna palidez de muerta. Pero la dolorosa contracción a su toque de cariño, será tomada por el desespero de los sonámbulos que despiertan después del crimen. Arrepentido, él se maldecirá, ensayando el movimiento de recoger todos los instrumentos de tortura y llevarlos a la basura, en la imposibilidad de arrojar ahí, también, sus propias manos. Ella lo detendrá, alegando que el sufrimiento es mejor en la cama que fuera de ella, y él, por fin, instaurando el momento en que el ideal de cada uno, tan opuesto pero tan complementario, confluye para un mismo punto, cuidará de sus heridas una a una, con celo de samaritano. Si ella viera.

(Leila Guenther, El vuelo nocturno de las gallinas. Traducción de Armando Alzamora. Lima, Borrador Editores, 2010)

segunda-feira, 13 de fevereiro de 2012

Horizonte



Tinha a vaga sensação de já ter vivido isso antes. Na infância, ou na adolescência, entre colegas ou familiares. Uma espécie de sentimento de rejeição, de que não era mais necessária. Como se incomodasse. Por isso a distância dele, o desinteresse pelo que dizia respeito a ela. Talvez ele a tivesse desvendado. Talvez o mistério que o impelira para ela se esvaísse como quando se limpa uma peça antiga, há muito perdida entre os pertences da família, e se descobre que não valia a pena tê-la guardado – o desenho é de mau gosto, a qualidade é ruim. Não era cristal, mas vidro que exibe uma transparência opaca e imperfeita. O certo é que ele descobrira a verdade. Sempre guardara um ou outro truque, para ser usado em momentos estratégicos – quando ele precisava ser feliz –, mas agora ela não tinha mais com que entretê-lo. A cartola se esvaziara e ela achava que era chegada a hora de ir embora. Saiu da cama, de olho na luz fraca do corredor, a que sempre a guiava nos momentos de insônia até a sala e, uma vez lá, fez o que sempre fazia: sentou-se na poltrona de vime da sacada e olhou à frente. Logo o sol nasceria e se imiscuiria por entre todos os prédios que sua vista alcançava, dos mais distantes na linha do horizonte até os mais próximos de onde estava, para acabar atingindo a sacada em que se encontrava. Ainda, entretanto, o que se via era o tom de crepúsculo, de alvorada incerta, que conferia aos edifícios um aspecto espectral de abandono: grande parte das luzes estava apagada e ela imaginou que era essa a paisagem que veria se o mundo tivesse sido destruído. Esqueletos de concreto que deveriam ser preenchidos com luz, porque essa era a sua natureza: os prédios existiam para resplandecer. Edifícios altos e modernos às escuras eram tão assustadores quanto construções medievais iluminadas. Ficou pensando no passado e no futuro. Em como uma catedral era vista pelos habitantes de uma época anterior à luz elétrica. Em como veriam os destroços os contemporâneos do apocalipse. Em quantas vezes mais ela ainda contemplaria aquela cena. Que era, afinal de contas, sempre a mesma, como o sol, pesado e imóvel, de antes, de hoje e o do amanhã distante, concluiu com espanto, levantando-se e olhando fixo para frente, antes que os primeiros raios a tocassem.



(Leila Guenther)

sexta-feira, 13 de janeiro de 2012

Circe

porque eu os amava
me encerraram aqui
nesta ilha
neste corpo

transformo-os
no seu melhor
mas não posso beber
meu próprio veneno

por anos esperei
no topo deste penhasco

ele não voltou:

ensinem-me algo do seu mundo
que eu ainda não saiba

(Leila Guenther)

sexta-feira, 6 de janeiro de 2012

Desmontando a árvore






As boas leituras de 2011

1. 1933 foi um ano ruim, de John Fante. Trad. Lúcia Brito. Porto Alegre, LP&M. 2003.



2. 28 contos, de John Cheever. Trad. Jório Dauster e Daniel Galera. São Paulo, Companhia das Letras, 2010.


3. A fazenda africana, de Karen Blixen. Trad. Claudio Marcondes. São Paulo, Cosac Naify, 2005.



4. De verdade, de Sándor Márai. Trad. Paulo Schiller. São Paulo, Companhia das Letras, 2008.



5. Desonra, de J.M. Coetzee. Trad. José Rubens Siqueira. São Paulo, Companhia das Letras, 2000.



6. Doutor Pasavento, de Enrique Vila-Matas. Trad. José Geraldo Couto. São Paulo, Cosac Naify, 2010.



7. Hiroshima, de John Hersey. Trad. Hildegard Feist. São Paulo, Companhia das Letras, 2002.


8. O buda do subúrbio, de Hanif Kureishi. Trad. Celso Nogueira. São Paulo, Companhia das Letras, 1992.



9. O coração é um caçador solitário, de Carson McCullers. Trad. Sônia Moreira. São Paulo, Companhia das Letras, 2007.



10. O náufrago, de Thomas Bernhard. Trad. Sergio Tellaroli. São Paulo, Companhia das Letras, 2006.



11. Partículas elementares, de Michel Houellebecq. Trad. Juremir Machado da Silva. Porto Alegre, Sulina, 1999.



12. Samarcanda, de Amin Maalouf. Trad. Denise Bottman. São Paulo, Brasiliense, 1991.



13. Para ler como um escritor, de Francine Prose. Trad. Maria Luiza X. de A. Borges. Rio de Janeiro, Jorge Zahar, 2008.



14. The hound of the Baskervilles, de Arthur Conan Doyle. London, Penguin, 2009.



15. Uma passagem para a Índia, de E.M. Forster. Trad. Cristina Cupertino. São Paulo, Globo, 2005.

terça-feira, 3 de janeiro de 2012

Um poema de presente

O templo de Leila e a chave que perdi


para Leila Guenther



Noite de pouquíssimas estrelas, cavalos trotam ladeira abaixo,
Leila não escreve.
Imagino-a,
seu sopro é forte.

Cabelos negros e os brincos que lhe trouxe no último Natal.
Tenho esperança:
porque ainda não me foi permitido o poema, porque o poema não é para mim[que roço entre as pedras da rua esse graveto retirando gramíneas ou planta [rasteira, que porventura cresça ali, naquele espaço.
Sei Leila que me cobre com seus cabelos negros e de seus brincos que tocam [minha testa.
Ouço o ar que ela respira, como no último Natal.
Cavalos trotam e uma pulsação ladeira acima.
São muitos os telhados.
Imagino-me.

O sol trinca a superfície, mina uma água da parede lateral do abrigo
e as mãos de Leila estão marcadas.
Desenho círculos de giz no cimento do quintal.
Quando nasci deixaram-me na piscina ligada aos azulejos do fundo.
Meus olhos são azuis e não preciso respirar.
A fumaça negra cobre a água.
Leila me afaga com suas marcas.

Feridas nas pontas dos dedos.
Tenho esperança.
Uma luz queimou meus olhos que desaprenderam a ler.
Meio dia, Leila e o som de seus cabelos espalham poeira de minério.
Bateias esquecidas na margem do rio,
balaios.
Ouço os ferros.
Imagino-me.

(Adriana Versiani dos Anjos, Dezfaces n.3, Belo Horizonte, junho/julho 2011)

segunda-feira, 2 de janeiro de 2012

A permanência do figurativo II: Andrew Wyeth

Christina's Teapot




Master Bedroom



Winter Fields



Long Limb





Ides of March




Geraniums






Christina's World





Wind from the Sea





Helga




And bells on her toes




quarta-feira, 23 de novembro de 2011

O self-made man

Para ele tudo começou num momento de silêncio estilhaçante. Alguma coisa desprendeu-se e caiu. Instintivamente, seu coração compreendeu que essa ‘coisa’ era a idéia há tanto tempo acalentada de si mesmo como um indivíduo, uma entidade norte-americana chamada ‘self-made man’. Algo aprendido através de gerações de ancestrais irascíveis com a mesma linha dura do queixo e o mesmo nariz adunco. Tinha retratos deles no consolo de pedra de sua lareira. Ferrotipos do tempo da Guerra Civil, do seu tetra-tetra-tetravô, um homem chamado Lemuel P. Dodge, que perdeu uma orelha lutando pelo norte, um braço lutando pelo sul e finalmente foi enforcado por ‘adultério’ em Ojinaga e arrastado pelas ruas de terra até a cabeça se separar do tronco. Havia outros, homens com longas barbas e chapéus de palha com abas largas enfileirados no alto de gigantescas carroças de feno, forcados de madeira na mão, quase bíblicos contra o céu da pradaria. Ferroviários em vagões de gado, abanando chapéus-coco, explodindo as montanhas de granito para abrir caminho, determinados na sua convicção do ‘Destino Manifesto’. Depois, gerações seguintes, já com o misterioso lampejo da dúvida insinuando-se nos olhos. Pilotos de caça com capacetes de couro e echarpes de seda segurando as asas de um P-38, mas o bravo sorriso para as câmeras mostra agora uma sombra, como de ovelha que sabe que sua hora chegou.
Às vezes ele ficava à noite estudando aqueles rostos, o fogo tremeluzindo sobre a laje da lareira. Apanhava os porta-retratos para examinar melhor e andava pela sala lentamente, fumando e inclinando o vidro para evitar o brilho das chamas. Sentava com os retratos no colo e os limpava suave e carinhosamente com seu grande lenço azul. Sentia haver ali uma conexão, mais real do que se podia imaginar. Mais real do que os parentes vivos espalhados pelos mais remotos cantos do país, lugares que ele não tinha a menor intenção de visitar, como Tampa ou Seattle. Lugares que era como se estivessem no outro lado da Lua. A solidão era um fato da natureza, pensava. Tinha aprendido a não olhar além dela, evitar a traição da mente no que dizia respeito a mulheres, evitar toda a fantasia da sedução. Nunca valeu apena, no passado. Não podia confiar na mente para isso. Só lhe trouxe o terrível sofrimento. Agora, finalmente, chegava a um pequeno armistício consigo mesmo.
Levantou-se e pôs a foto no lugar, sobre a lareira. A de seu avô dirigindo uma caminhonete Modelo T, rebocando uma mula. Deteve-se algum tempo na imagem, ouvindo as corujas que alimentavam os filhotes no topo da velha tulipeira no quintal. Era um ritual noturno pelo qual esperava ansiosamente toda primavera. Costumava apanhar a lanterna e sair silenciosamente para a varanda, iluminando o tronco largo e fendido até prender o ninho num perfeito círculo de luz. Nesse ano eram dois os filhotes, e ficaram quietos assim que a luz atingiu seus olhos. A mãe, inclinada sobre eles, tinha uma pequena cobra negra nas garras. Virou de costas para a luz e bateu as asas, depois se acalmou. Filhotes da primavera revoaram chilreando, na frente da cena, substituindo os gritos estridentes das corujas, depois desaparecem, suas vozes abafadas pelo ronco distante de um caminhão a caminho do sul. Ele desligou a lanterna, esperando que as corujas recomeçassem a gritar, esperando que alguma coisa viesse ocupar o silêncio imóvel e crescente. Tentou ouvir bezerros mugindo à distância. Nada aconteceu. Procurou ouvir algum sinal do vento. Nada. Pigarreou para, pelo menos, ouvir a si mesmo, sentir a própria presença. Soou como o ruído de um homem. De qualquer homem. Um ser humano sem nada que o distinguisse. Como se um estranho estivesse ao seu lado na varanda. Virou a cabeça. Não havia ninguém. Apenas sua respiração. O sangue pulsando. Fez menção de falar, mas “com quem?”, pensou. “Dizer o quê? De que adianta?” Seu coração acelerou e toda a sua linguagem interior parecia ter se acumulado num nó latejante na base da nuca. Queimava como uma noz pequena e negra, fechando sua garganta. O pânico começou a dominá-lo. Já não havia nenhuma fronteira entre sua pele e a noite, entre sua respiração e o ar denso que o rodeava. Voltou-se para a árvore negra e maciça e olhou para cima. O olho da coruja mãe piscou para ele. Amarelo, depois negro. Os olhos dele desapareceram. O vazio o encheu por completo. Parecia correr em suas veias, tomando cada pensamento, cada sentido. Não deixou nada para trás, exceto a sensação dominante da própria respiração. Uma pulsação que ele não criava nem controlava. “Paz”, pensou. Com a rapidez do pensamento, a paz o deixou.


(Sam Shepard, Cruzando o paraíso. Trad. Aulyde Soares Rodrigues. São Paulo, Mandarim, 1996)

sexta-feira, 4 de novembro de 2011

Para um menino na guerra

Amadeu, eu me lembro de você. De como era frágil, de como tinha medo. Eu também era frágil, e tinha medo. Dois terços de nós, ou mais, eram assim. Você tinha olhos grandes, que deveriam ser bonitos hoje, mas que na época pareciam desproporcionais ao tamanho do rosto, miúdo e magro. Você chorava quando, sentado sobre uma das pernas, elas formigavam. Isso era imperdoável. Chorava quando lhe diziam para que o fizesse. E todos riam. Você não tinha nem o perdão ou o azar de ser estudioso. Se fosse, pelo menos para algumas coisas não o teriam desprezado. Mas sentava-se perto da janela e ficava distraído olhando através dela com o olhar oscilando entre o vazio e o sonho. Quando a professora pedia que continuasse a leitura de onde alguém tinha parado, você nunca sabia onde estava. E, quando descobria, gaguejava, se enroscava em murmúrios incompreensíveis, pálido como os que nunca iam para a praia nas férias. Do que mais me lembro é de sua voz. Som e cheiro são coisas de que nunca me esqueço, embora não consiga descrevê-las. Que dizer de sua voz, se não que era uma melodia tocada um tom acima? Você não devia ser pobre, a julgar pelo carro com que vinham buscá-lo. Tinha carro e por isso nunca um estranho o pegaria no caminho da escola e enfiaria os dedos em partes suas que você sequer conhecia direito. Pelo menos não era menina, e não tinha borrachas cor-de-rosa com cheiro de morango que eram sempre roubadas por alguémque o ameaçasse de calúnia caso o furto fosse delatado. Mas tenho certeza de que sofria por ser o último escolhido para dançar a quadrilha nas festas juninas. Como na aula de educação física. Porque pertencia ao grupo daqueles a que faltavam a coordenação, a beleza e a graça de movimentos das crianças felizes. Aos que não possuíam um corpo com que se defender. Pelo menos não tinha amigos que o diminuíssem. Não tinha amigos, em absoluto, o que deveria facilitar muito a compreensão de sentimentos confusos. Pois como entender que se possa, deliberadamente, humilhar um amigo? O que eu queria dizer é que jamais compreendi quem tem nostalgia do passado.
No fim de 1984, disseram que você ia embora. Ia para o Líbano, que eu sabia vagamente ser mais distante do que a Argentina e mais perigoso por causa de uma guerra. Um conflito que durava mais do que sua existência inteira. Mesmo assim, nem lhe desejei boa sorte.
Faz quase trinta anos e eu ainda me lembro. Na verdade eu me lembro todos os dias. E lembro que passei muito tempo imaginando que você tivesse partido por causa das coisas ruins que lhe aconteciam na escola. Pensei que era porque ninguém tivesse feito nada contra os inimigos.
Um ano depois de sua partida, a diretora da escola, numa reunião de pais - contou minha mãe -, disse que você tinha morrido. Não da guerra, mas de um câncer silencioso, desconhecido. Pensei que provavelmente tinha sido engendrado aqui. E que eu não pudera evitar. De repente se abriu como uma flor raivosa na violenta primavera. Foi o que soube: em questão de um mês, tudo estava acabado. Ouvi ainda o resto: o tratamento brutal, o desespero da última tentativa. Foi a primeira vez que eu ouvi falar tão concretamente na morte.
E eu sobrevivi.


(Leila Guenther)

domingo, 30 de outubro de 2011

A permanência do figurativo I: Edward Hopper

Room in Brooklyn




New York Movie




Nighthawks




Stairway




Morning Sun



Gas




Early Sunday Morning




Room in New York




Seven a.m.




House by the Railroad



terça-feira, 4 de outubro de 2011

Vigília

Uma noite encerra
Em si mesma
A dispersão de todo um dia,
As horas que passei
Julgando que contemplava
O interior das muralhas de vidro,
Aquelas que guardavam a cidade
Contra a violência das hordas.
Hoje desdenho delas.
Gasto,
Com pequenas lembranças em relevo,
A memória de sonhos nunca
Vividos, jamais desejados,
O fluxo dos acasos
Prestes a ser cingido
Por um movimento preciso
No instante em que tudo
Volta a nascer.

Uma noite encerra
Em si mesma
A disposição de toda uma vida.
Detida pelo que acreditava
Suspenso,
Agora me aplico na superfície
De vapor
Sobre a qual se pode escrever
Com a ponta dos dedos.
Recolho os despojos e,
Com paciência infinita,
Guardo o tesouro
Em minha caixa de espelhos.

Por isso não durmo.
Por isso, alerta,
Me debruço
Sobre o sono alheio.


(Leila Guenther)

segunda-feira, 3 de outubro de 2011

quarta-feira, 28 de setembro de 2011

A teoria da vontade de morrer



Kitosch era um jovem nativo a serviço de um jovem fazendeiro branco de Molo. Uma quarta-feira de junho, o colono emprestou sua égua marrom a um amigo, para que este fosse à estação tomar o trem. Mais tarde, mandou Kitosch buscar a égua, ordenando-lhe que não a montasse em nenhuma hipótese, e que a trouxesse pelo cabresto. Kitosch, porém, saltou sobre a égua e cavalgou por todo o caminho de volta. No sábado, seu patrão foi informado da desobediência por alguém que vira o nativo sobre ela. E, na tarde de domingo, como punição, fez com que Kitosch fosse açoitado e depois amarrado num galpão, onde, na noite de domingo, viria a morrer.
(...)
Kitosch não teve muita oportunidade de exprimir sua intenção. Como estava trancado no galpão, sua mensagem foi expressa de modo singelo, com um único gesto. O vigia noturno declarou que ele havia chorado a noite toda. Mas não deve ter sido assim, pois à uma da manhã ele conversou com o toto que estava no galpão. Ele pediu ao menino que gritasse, pois o açoitamento o ensurdecera. À uma hora ele pediu ao toto que afrouxasse as amarras em seus pés, dizendo que de qualquer modo ele não poderia fugir. Quando o toto atendeu ao seu pedido, Kitosch disse-lhe que queria morrer. Pouco depois, ele se virou para um lado e para o outro, exclamou “Vou morrer!” e morreu.
Três médicos testemunharam no julgamento.
Para o médico-cirurgião do distrito, que realizara a autópsia, a morte fora causada pelos ferimentos e lesões que encontrara no corpo. Na opinião dele, nenhum cuidado médico imediato poderia ter salvo a vida de Kitosch.
No entanto, os dois médicos de Nairóbi, convocados pela defesa, eram de outra opinião.
De acordo com eles, o açoitamento em si não foi suficiente para provocar a morte. E um fator importante tinha de ser levado em conta: a vontade de morrer de Kitosch. Sobre essa questão, o primeiro médico afirmou que podia falar com autoridade, pois já vivera vinte e cinco anos no país e sabia como pensavam os nativos. Muitos médicos poderiam confirmar que o desejo de morrer, num nativo, poderia de fato ocasionar a morte. No caso em discussão, isto era especialmente evidente, uma vez que o próprio Kitosch deixara claro que queria morrer. E o outro médico o apoiou nesse ponto de vista.
Era bem provável, prosseguiu então o médico, que se Kitosch não tivesse tomado essa atitude, ele não teria morrido. Se, por exemplo, ele tivesse se alimentado, talvez não perdesse o ânimo, pois é sabido que a fome diminui a coragem. E acrescentou que o ferimento do lábio talvez não tivesse sido ocasionado por um chute, mas poderia ser apenas uma mordida do próprio Kitosch, desesperado com tanta dor.
O médico, além disso, acreditava que Kitosch só havia tomado a decisão de morrer após as nove horas, quando aparentemente havia tentado fugir. Tampouco ele morrera antes das nove. Ao ser surpreendido na tentativa de escapar, e ser amarrado de novo, o fato de ser um prisioneiro, segundo o doutor, poderia ter pesado em sua decisão.
Os dois médicos de Nairóbi então apresentaram suas conclusões sobre o caso. A morte de Kitosch, segundo eles, fora causada pelo açoitamento, pela fome e pela vontade de morrer, sendo esta última motivo de especial ênfase. O desejo de morrer poderia, disseram ainda, ter se originado como consequência do açoitamento.
Após o testemunho dos médicos, o caso passou a girar em torno daquilo que foi chamado no tribunal de “a teoria da vontade de morrer”. O médico-cirurgião do distrito, que fora o único a examinar o corpo de Kitosch, rejeitou essa teoria, e deu como exemplo pacientes seus com câncer que, mesmo querendo morrer, não haviam conseguido tal objetivo. Viu-se, porém, que todos eles eram europeus.
No final, o veredito do júri foi “culpado de lesões graves”. O mesmo veredito coube aos nativos implicados, mas levou-se em conta que, como haviam agido por ordem do patrão, um europeu, seria injusto enviá-los para a prisão. O juiz então determinou que fosse aplicada uma sentença de dois anos de reclusão no caso do colono, e de um dia no dos nativos.
Ao lermos os autos do processo, percebemos como é desconcertante e humilhante para os europeus o fato de os nativos poderem, por conta própria, decidir o momento em que querem abandonar a vida. A África é a terra materna dos nativos e, seja o que for que lhes fazemos, quando resolvem partir eles o fazem por sua livre e espontânea vontade, porque não desejam mais ficar. A quem cabe a responsabilidade pelo que se passa numa casa? Ao seu dono, àquele que a herdou.
Por causa do acentuado senso do que é certo e decoroso, a figura de Kitosch, com seu inquebrantável desejo de morrer, embora há tantos anos removida de nossa presença, se destaca com uma beleza toda própria. Nela ganha corpo a fugacidade das coisas selvagens que, na hora da necessidade, sabem que podem buscar refúgio em alguma outra parte. Aqueles que partem por livre e espontânea vontade, esses nunca podemos agarrar.




Karen Blixen (Isak Dinesen), A fazenda africana. Trad. Claudio Marcondes. São Paulo, Cosac Naify, 2005.

terça-feira, 6 de setembro de 2011

pela janela de um carro em movimento
atiro
um a um
todos os fios de cabelo
de minha cabeça

a viagem é longa

minha noite se divide
em muitas partes
que não posso reunir

quinta-feira, 1 de setembro de 2011